El juego on line pagará impuestos a partir del próximo año
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8 julio, 2010Jordi Sitjas ha extendido el juego a un centenar de bares, boleras y billares del país asiático.
El empresario fabrica los muebles con la marca Córdoba y supervisa su estado Sitjas es uno de los empresarios catalanes con más experiencia en China. En 1982 llegó como profesor a Chengdu, en Sichuan. «No podíamos salir del recinto para extranjeros. Una vez fui a cenar a un restaurante y se formaron colas para verme. Era el primer occidental que veían», recuerda. Ahora busca socios para extender su negocio por Asia.
Jordi Sitjas jugaba al futbolín un par de veranos atrás con sus hijos en Girona cuando se preguntó si podía funcionar en China. Hoy tiene 96 futbolines en bares, boleras y billares del lago Hou Hai, la zona universitaria de Wudaokou y Sanlitun, epicentro lúdico pequinés.
Sitjas, de 51 años, acudió con la idea a Billares Córdoba, referente del futbolín en Catalunya. Cada uno cuesta 1.800 euros, que con las tasas de envío a Pekín supera los 2.000. Con partidas a cinco yuanes (0,60 euros), las cuentas no salían. Desechada la compra y con la carpintería como hobby, Sitjas pidió que le enseñaran a fabricarlos. Fue un cursillo acelerado de 40 días sobre cortar, encolar y barnizar. El trato con Billares Córdoba es de palabra, sin papeles. «Fue un pacto romántico, casi un favor. Mi único deber moral es no fabricar chapuzas que puedan perjudicar su imagen porque los futbolines llevan la marca Córdoba». Al principio compraba los componentes en España, pero desde que recurre a materiales chinos los costes han bajado.
Calidad
El modelo de Sitjas tuvo que vencer inercias opuestas. No vende ni alquila sus futbolines; los coloca. Sudó para convencer a los locales del cambio de modelo. Ayudó que los escasos futbolines en Pekín fueran del modelo Tornado. «Se rompían muy fácilmente. Si se partía un jugador, tenían que comprar un futbolín nuevo. Yo les dije que el mío no duraba dos meses sino 30 años. Son 150 kilos de buena madera. Tengo uno en una sala de conciertos donde la gente salta encima», cuenta. Sitjas cada día supervisa su estado, los cuida y arregla.
Los Tornado son gratuitos para el cliente que juega, así que el siguiente reto fue convencer del pago. Funcionan con unas monedas especiales que reparten los bares a cambio de cinco yuanes. Los beneficios se parten a medias. Algunos generan 3.500 yuanes (418 euros) mensuales, otros apenas 500 (60 euros).
Sitjas es uno de los empresarios catalanes con más experiencia en el país. En 1982 llegó como profesor a Chengdu, en la provincia de Sichuan. China aún se desperezaba y sus estrictas reglas casaban mal con la juventud contestataria de Sitjas. Fue expulsado y declarado persona no grata. Se mudó a Taiwán y empezó a poner en contacto a empresarios españoles con chinos.
Después trabajó 10 años en el Copca, la entidad dedicada a la proyección empresarial exterior de Catalunya. También en una multinacional farmacéutica y en una cadena de distribución alimentaria catalana, ambas afectadas por la crisis.
A corto plazo se plantea invertir en maquinaria (pulidoras, sierras mecánicas, etcétera) y ampliar la producción para ampliar su negocio primero, en el mercado chino, y después, en Asia. Ha recibido llamadas de una treintena de locales de Shanghái y busca un socio de confianza en la ciudad: su modelo requiere supervisión diaria para impedir la desaparición de futbolines o timos en la recaudación.
Sitjas denuncia la picaresca creciente: «El socio chino pretende aprender el negocio y quedárselo. Eso viene acompañado de una política estatal cada vez más obvia de ponerle las cosas más difíciles al extranjero». Por eso, los únicos ayudantes que tiene en el taller son dos jubilados: no teme que abran un negocio similar en la puerta contigua.
Afirma que China sigue siendo un buen lugar para hacer negocios, pero que exige tiempo, paciencia y estudio. «Esto no es la tierra prometida –asegura–. Más bien es un país con mucho desorden.




