«InnoBar» simula un restaurante del futuro adaptado a las nuevas tecnologías
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7 octubre, 2011Las mañanas de los bares se caracterizan por el silencio. Casi nada. El estertor de la cafetera con su gargarismo hirviente, o la llegada del repartidor de latas y botellas. En el fondo de la cocina un pequeño sonido campanillero que delata el batir de dos huevos en una suculenta tortilla. Los parroquianos, a esas horas de la mañana, callan y casi no se hablan. No porque sean seres asociales, sino porque las primeras palabras del día hay que saber a quién se dirigen.
De pronto aparece un cliente que no se acerca a la barra. Se trata de un personaje de rasgos orientales que se enfrenta con suavidad a la máquina tragaperras, ese término vulgar que se suele disfrazar con el eufemismo máquinas recreativas y que intenta atraer a la gente con sus luces excitantes, absolutamente prematuras a estas horas. El oriental, probablemente de nacionalidad china, saca un billete de 50 y, al roce del billete con el mostrador, los bebedores de café detienen su gesto y hacen cara de tragasables. El camarero, otro chino, deposita ante el cliente el cambio en monedas pequeñas y un cesto pequeñito donde el dinero parece huevos de jilguero que buscan el calor de la madre jilguera. Una a una, y sin ninguna ceremonia, el cliente va depositando las monedas en la máquina y la máquina ávida, como su nombre indica, se las va tragando una a una. El ruido de pequeño parque de atracciones se detiene de pronto y un estrépito metálico se deposita en la bandeja inferior. El chino recoge sus ganancias, las amontona en sabios cilindros y recibe el cambio en billetes. «Ha tenido suerte», le digo al camarero cuando el desvalijador de máquinas ya ha salido. «No ha sido suerte. Es puro cálculo. Li sabe leer la máquina para saber cuándo está caliente. Ayer por la noche fue el último en marchar. Esta mañana ya sabía yo que sería el primero en llegar para llevarse el bote». O sea, que hay gente que sabe escuchar a las máquinas de la misma manera que hay veterinarios que saben cuando va a nacer el ternero de la vaca. «¿Y como se llama usted» «Yo me llamo Li, claro. Piense que es el apellido más numeroso del mundo».
Busco otros bares parecidos en pos de Li, el escrutador de tragaperras. Hay máquinas, pero hay pocos clientes. En tiempos de crisis la gente se asoma a las tragaperras como los simios de Kubrick se fascinaban con el monolito. Cuando la penuria aprieta siempre existe la posibilidad de la esperanza, ya sea en el cuerno de la abundancia o en la máquina de Cirsa. Los calvinistas están seguros de que el dinero del trabajo da mucha felicidad. Pero en cambio en las máquinas y en las loterías se goza con la satisfacción del dinero que toca, pero que no se gana.
De pronto intuyo la silueta de Li, el jugador, ante otra máquina de la calle de Consell de Cent. Solo yo se que en su bolsillo lleva ya 200 euros. Li toca la máquina, la acaricia con devoción litúrgica. Pide cambio en monedas y vuelve a su trabajo. Una moneda, otra, otra y otra y a la quinta vuelve a escucharse el estrépito del dinero fácil. «¿Usted cree que es fácil» El dueño del establecimiento siente una profunda admiración por el trabajo de Li. «Lo fácil es llegar a ser directivo de una caja de ahorros, prejubilarse a los 53 y llevarse 20 millones de euros por dejar el despacho. Eso es fácil. Lo otro, lo de Li, es difícil». Tanto como los zahoríes cuando intentan encontrar aguas subterráneas en el erial. Existe un mundo que se nutre de la necesidad de vivir y del azar de la máquina. El biólogo y premio Nobel Jacques Monod estaría contento al comprobar que sus tesis cobran vida en las manos mágicas y los ojos rasgados de todos los Li del mundo.




