Si le toca «el Gordo», no lo cobre hasta el día 2
20 diciembre, 2011La meta de la UE: esconder las marcas y prohibir las máquinas de tabaco
25 diciembre, 2011La crisis acentúa el papel de los administradores de lotería como depositarios del drama y las angustias de sus clientes H Muchos de ellos hacen de psicólogos e intentan dar consuelo
Detrás de su ventanilla el lotero escucha, tiene que escuchar, porque en tiempos de penuria sus clientes no solo compran, también hablan, se confiesan, le explican sus problemas, le cuentan sus dramas, le dicen qué funesta situación van a arreglar si el azar, la providencia o dios todopoderoso los bendice con un premio. El lotero los conoce, son sus leales clientes, sabe de sus vidas y milagros y no solo escucha, comparte sus penas, entiende lo que pasa, se compadece, intenta consolarlos y les suelta al menos la frase manida: «A ver si hay suerte», que con la crisis y el paro y la sanidad maltrecha y el metro encarecido suena casi a religioso mantra.
Encima es diciembre, y hoy es día 22 y hay sorteo de Navidad, de modo que en los últimos días y las últimas semanas, mientras vendían décimos, los loteros han ido escuchando más o menos de todo, historias tristes y desesperadas -la zozobra, que es norma para algunos-, y han llegado a la misma conclusión: los que se hunden son los hijos, y los que intentan rescatarlos, con un billete de lotería, son sus padres. «Creo que el 90% de las cosas que oigo son de gente mayor -dice Manuel Soler, responsable de un despacho mixto en el barrio de Poble Sec, en Barcelona-, personas que compran pensando en que si tienen suerte van a ayudar a sus hijos, que por norma están siempre en el paro. Ellos al menos cobran la pensión».
«Por ejemplo -explica David Jiménez, otro lotero, en el barrio de Gràcia-, el otro día vino una señora que tiene unos 80 años. Vecina del barrio. Bueno, pues a su hija de cincuenta y tantos la acaba de dejar el marido; no tiene trabajo y tiene dos hijos en la treintena que también están en el paro. La señora ha tenido que acogerlos a todos en su casa, y compró unos décimos pensando en que si gana algo podría arreglar la situación». Jiménez trabaja en la administración 319 y dice que estas cosas solo ocurren en las administraciones de barrio. «Llevo 15 años aquí. Conozco a la gente y la gente me conoce. Y me cuentan cosas».
Una operación urgente
El lotero, desde su ventanilla, tiene una perspectiva aventajada, singular de la crisis. Sabe que hay paro no porque lea el periódico, o porque vea o escuche las noticias, que también, pero sobre todo porque se lo cuentan; sabe que la sanidad cojea porque se lo cuentan; que el comercio se hunde porque se lo cuentan. «Hay un señor del barrio, también mayor -dice Soler-, que hace nueve meses está en lista de espera para una operación de cadera. Vive en un último piso y no tiene ascensor, con lo que eso supone. Dice que en una clínica privada le cobran 6.000 euros, y compra la lotería pensando en eso». Y el señor se lo cuenta al lotero, y el lotero asiente, y comprende, e intenta dar algún consuelo.
«Yo a los que más vendo es a los comerciantes del barrio, y por eso sé cómo está el comercio -dice Concepción Mir, administración 50, barrio Gòtic-. Un día viene el de al lado y me dice que en toda la mañana solo ha vendido dos bolsos. O el de la zapatería, y me cuenta que ha vendido tres pares de zapatos en un día. O vienen los taxistas, los que aparcan en la plaza de Sant Jaume, y me dicen que ya nadie coge taxi. ¿Y qué les digo yo a estas personas ¿Qué les puedo decir ‘No te preocupes, esto va a cambiar…’ Pero cuesta, es muy difícil».
El lotero como psicólogo. El que asiente, el que entiende, el que aconseja. «Hay que dar ilusión no solo vendiendo un número sino hablando con la gente, diciéndoles: ‘Oye, no te preocupes, ya vendrán tiempos mejores’. Mi mujer hasta les da caramelos. Para que al menos sonrían», dice Soler. «El otro día -recuerda Joaquina, administración 168, avenida de Madrid- vino una vecina, una mujer mayor que tiene a su hija enferma. Muy enferma. Compró lotería, me contó lo que le pasaba, dijo que si ganaba algo iba a ayudar a su hija y se puso a llorar. ¿Y qué puedo hacer yo Decir algo amable. Consolarla».
Ocurre a veces que el lotero no mantiene las distancias, porque no puede, porque los conoce de hace tanto, a sus clientes, y sabe tanto de sus vidas, que no puede tan solo asentir, y luego comprender, y luego olvidar. «A mí me afecta, no puedo evitarlo -dice Juan Ramón Álvarez, administración 291, Poblenou-. Son gente del barrio. A algunos los conozco hace mucho. De repente desaparecen y un día vienen y te compran un décimo y te cuentan sus dramas. Y te deprime».
Este Gordo, que es, como dice la publicidad, más gordo que nunca -400.000 euros al décimo-, pero también más difícil de ganar -hay 15.000 bolas más en los bombos-, algunos lo esperan con ardor.




