La Grossa gana ocho ‘kilos’
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4 enero, 2015Con un billete la gente compra un poco de esperanza, aunque sepa que el premio no le tocará
Pierre Menard escribió de nuevo, en pleno siglo XX, un par de capítulos del Quijote. La proeza consistía, según Jorge Luis Borges, el genial argentino, en la plena coincidencia entre el texto de Cervantes y el del francés. Palabra por palabra, como por coma, todo idéntico, pero sin copiar. ¿Imposible? No en el juego de espejos de la ficción de Borges. ¿Pura coincidencia? Estirando el hilo de la casualidad, algunos matemáticos han intentado calcular cuántos trillones de años podría tardar un chimpancé, adiestrado para teclear, en escribir una página del Quijote. Pues bien, en la práctica, usted dispone de similares probabilidades de hacerse millonario con la lotería. En términos racionales, de cálculo, que a usted o a mí nos toquen 20 o 50 millones de euros a la lotería es prácticamente imposible. Puede suceder, está claro, porque bien le ha tocado a alguno de los millones de ciudadanos que juegan, por ejemplo al sorteo europeo, que es el de los premios más jugosos, pero si todos los que juegan se pusieran en un espacio, que debería ser inmenso, se les hiciera una foto aérea y se marcara con una pequeña flecha al ganador, el desengaño de los demás sería formidable. Tendrían que salir de estampida en todas direcciones y acusarse de idiotez por confiar su dinero en una posibilidad tan y tan remota.
Pero el caso es que nadie queda vacunado y la mayoría insiste, una semana tras otra, en tirar el dinero. «A alguien le toca, y este alguien podría ser yo». Así se justifica el más irracional y el menos cuestionado de los gastos. Para acabarlo de arreglar, las fantasías numéricas llenan tanto la cabeza de mucha gente como el cielo lo está de pájaros. ¿Por qué tenemos números preferidos si el azar no tiene favoritos? Otro misterio. Aprovechamos la ocasión de las tres loterías más populares (Navidad, la Grossa y el Niño) para hacer saber, o recordar, que todos los números tienen las mismas posibilidades de salir, de forma que cada sorteo es como si fuera el primero. Ello responde a un principio denominado independencia estocástica. A pesar de que, según el mismo principio, en un número infinito de jugadas, todos los números acabarían saliendo el mismo número de veces. Parece algo contradictorio pero es coherente, si tenemos en cuenta la longitud, imposible de imaginar, del concepto infinito. Es decir, que si jugáramos siempre los mismos números y viviéramos miles, millones o millones de millones de vidas, seguro que nos tocaría un premio extraordinario.
Pero el hecho es que solo disponemos de un existencia, y encima es demasiado corta como para que valga la pena probar suerte. Eso dice la razón, pero por la misma razón nos tendríamos que abstener de tomar un avión, y no hace falta ni decir del coche. Es más fácil ser uno de los miles de muertos en los accidentes de los medios de transporte, aviones, trenes, barcos y autos, que uno entre las escasas docenas que se hacen millonarios con la lotería.
Pero ya podemos intentar sacar la naturaleza de casa a escobazos cerebrales que volverá a entrar por la ventana. Si como consecuencia inexorable del simple hecho de haber nacido, tenemos que jugar por fuerza a la lotería inversa, la de la muerte repentina o por accidente, la de las enfermedades graves, frustraciones y pérdidas irreparables, etcétera, bien podemos, en compensación, apuntarnos a la lotería positiva. El argumento ganador, quizás no muy exacto en matemáticas pero del todo cierto, es el siguiente: «Por uno que gane mucho, hay muchos que pierden poco», o en otras palabras, «podría ganar mucho o perder muy poco». Y para acabar de comprender por qué la balanza se decanta a favor de jugar a la lotería está la coletilla de la posibilidad de recuperar la inversión o sacar un pellizco.
¿Por qué son tan populares las loterías? En el fondo, no se compra una remotísima probabilidad de ser ricos sino un consuelo, una compensación a las dificultades y a los dolores de cabeza, un estímulo para no desfallecer, un empujón en las subidas o llámese como se quiera. Existe un mecanismo psíquico recurrente, de una enorme potencia, que conduce al esclavo y al preso a imaginar la libertad y a todo el mundo a soñar en un golpe de suerte. Quizás es más fácil encontrar un maletín lleno de billetes de 500 euros que recibir un premio gordo de la lotería, pero el caso es que no se venden billetes para encontrar tesoros escondidos y sí que se venden, y por precios muy módicos, para ayudar a vivir, no de ilusiones, pero sí con el cebo de las ilusiones. No conozco estudios, pero seguro que el poseedor de un billete experimenta un número nada despreciable de flases mentales diarios basados en que le toque el premio más gordo. Eso es que la gente compra, un poco de esperanza, una expectativa de mejora. Aunque sepa a ciencia cierta que no le tocará, como a la gran mayoría.




