La apuesta de Codere por el crecimiento hace que en sus cuentas… ‘salte la banca’
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«Trabajar en la ONCE me ha dado la vida»
«Los clientes para mí lo son todo: mi salud, mi sueldo y mi vida». La que habla es Pilar San Martín, 39 años, vendedora de cupones en un quiosco de la ONCE de Móstoles. Un trabajo que le ha devuelto la autoestima, la fuerza y la alegría de vivir, después de que a los 25 años le dieran la invalidez por sufrir epilepsia. En el barrio la conocen todos, y eso le da tranquilidad porque en caso de sufrir alguna crisis sabe que acudirán a ayudarla. En los seis años que lleva vendiendo cupones puede presumir de haber repartido un premio de 350.000 euros. «Lloré, salté, llamé a mis jefes. Era como si me hubiera tocado a mí», rememora con emoción. Para que no se acabe la suerte, los clientes le han regalado algunos amuletos que tiene dentro del quiosco: una brujita y un San Pancracio.«Cuando no me da premio, le castigo y le quito el perejil», bromea.
«Sueño con ganar una medalla en los Paralímpicos»
Su madre le apuntó a natación con seis años para que hiciera algo de deporte sin saber que tenía un futuro campeón en casa. A los 8 años ya iba a campeonatos, con 14 viajó a Berlín con la selección española y el año pasado cumplió su sueño de ir a los Juegos Paralímpicos de Londres. Quedó entre los diez mejores. Su especialidad en la piscina son los cuatrocientos metros libres a crol. Antes de empezar la entrevista, le pillamos «picándose» por Twitter, pero de buen rollo, con uno de los nadadores con los que competirá en el Open de España este fin de semana. Escribir es la otra gran pasión de este joven mostoleño de 19 años, que estudia Periodismo. Tiene un blog y redacta las notas de prensa de su equipo, la Agrupación Deportiva Móstoles. De todo lo que le ha dado la natación, se queda con sus compañeros. «Es con la gente que más tiempo paso, con la que salgo y me voy de fiesta, pero a lo sano», matiza. Fue al colegio del barrio, pero mientras sus compañeros aprendían a leer con un libro, él lo hacía en braille con la ayuda de una profesora de la ONCE. «Para mí, en tema de estudios, la ONCE lo ha sido todo. Me enseñaron a leer, me daban los libros, una máquina para escribir en braile. Sin esas cosas sería imposible estudiar y tener una vida medianamente normal», cuenta José, que ahora estudia la carrera con ayuda del ordenador y un lector de pantalla con un pinganillo. Su siguiente objetivo son los Juegos de Río de Janeiro en 2016. Su sueño por cumplir: ganar una medalla olímpica. Pero tiene los pies en la tierra. «Me gusta pensar a corto plazo. Si tienes un objetivo final, tienes que ir cumpliendo primero objetivos más pequeños».
«Ahora he aprendido a disfrutar de la vida»
Perdió la visión tras dos accidentes laborales, pero hasta de las situaciones más complicadas puede sacarse una parte positiva: «Era el típico imbécil que no hacía más que trabajar, y ahora trabajo, pero disfruto de la vida», afirma. Siempre ha sido un hombre «hiperactivo», no podía y no puede estarse quieto. En su antigua vida era jefe de sala de ordenadores en la Intervención General del Estado. Perdió primero el ojo izquierdo porque se le clavaron unas pavesas metálicas cuando arreglaban una avería en los armarios de seguridad. Tiempo después, falló la pata de un armario de electrónica y se le cayó encima, provocándole un doble desgarro en el otro ojo y dejándole con una visión muy reducida, apenas un 5%. Fue su mujer la que le pidió que se jubilase y «cerrase ese libro». En la ONCE le enseñaron a manejar el bastón y se le abrió un mundo. Como «rabo de lagartija» que es, se interesó por los cursos que ofrecía la organización. Siempre le había gustado dar «masajitos», así que se formó como quiromasajista y, desde hace diez años, los da en su casa. Presume de que más de uno se le ha quedado dormido en la camilla y reconoce que, a veces, también le toca hacer de «psicólogo» con los clientes. El diseño de joyas es su otra afición.«Las alianzas de mi hijo y mi nuera se las hice yo en oro. Eso sí, la supervisión la hace mi mujer», matiza con guasa. Cuando habla de ella se le llena la boca: «Tengo la fortuna de estar al lado de una gran mujer. Es mi aire. Lo es todo para mí». En su nueva vida, hay tiempo para el baile de los viernes, los viajes, los musicales y los largos paseos junto a ella. Hasta con el salto en paracaídas se ha atrevido. Y, aunque le regañen, en cuanto puede sigue haciendo alguna «ñapa» en casa. Hace año y medio tuvo que operarse porque tenía la tensión ocular muy alta y perdió el resto de visión. «Fue un trauma. Me fui para atrás», rememora con dolor. «Perder la visión es un porrazo bestial. Pero estoy empezando a recuperar mi buen ánimo», reconoce. Y en este camino de volver a empezar, uno de los que más le está ayudando es su nieto de 4 años: «Me va contando las cosas que ve y me dice: yo te llevo, “abelo”».




