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9 febrero, 2009Los casinos se constituyeron en locales para las fiestas de alta sociedad Los bingos siempre fueron más populares y se situaron en el centro de las principales ciudades Si hay crisis, se gasta menos en juegos que dan premios pequeños y más en los que ofrecen cantidades altas Las generaciones más jóvenes se decantan por los juegos online, cuya legislación es poco clara
En 1979, la película más taquillera de España fue Los Bingueros, una comedia dirigida por Mariano Ozores y protagonizada por Fernando Esteso y Andrés Pajares. El filme refleja un momento muy concreto, que en aquel entonces fue un fenómeno que cambió la sociedad española. Ese año se remató la legislación que permitía el juego, entendido como las apuestas en bingos y casinos, que habían estado prohibidas, no así otro tipo de apuestas, como la lotería, el cupón de la ONCE o la quiniela futbolística, toleradas durante la dictadura.
En 1977 se aprobaba en España la normativa que abría las puertas a la creación de casinos y bingos, además de las máquinas tragaperras, desarrollada en otras regulaciones de enero de 1979, que hicieron que al comienzo de ese año se inauguraran gran número de salas. La legislación se complementó a comienzos de los años ochenta con el traspaso de las competencias a las comunidades autónomas, en todo caso siempre con una notable intervención.
El juego está ahora plenamente instalado en la sociedad española. Se calcula que representa en torno al 3% del PIB y que cada español destina al año unos 800 euros a juegos de azar.
A finales de los setenta, la sociedad española estaba inmersa en un importante proceso de cambio. A la crisis económica se unían los cambios políticos y sociales que llegaban con la transición a la democracia. Eran nuevos tiempos y el juego se convertía en un elemento más de ocio.
Este cambio influyó también en los juegos públicos, que tuvieron que responder con contundencia para mantener su fuerza. En 1987, la ONCE lanzó una potente campaña con el lema Traerá cola para poner en el mercado su primer Cuponazo.
El casino
Los casinos se conformaron como puntos de reunión de la alta sociedad y burguesía urbana de las principales ciudades españolas, donde se centraron muchos de los actos más relevantes de la época. En el Casino Monte Picayo, en Valencia, destacaba la cena anual en la que las damas competían por lucir el mantón de manila más elegante, por ejemplo, y otras cenas que en muchas ocasiones tenían finalidades benéficas.
Los casinos son gestionados mediante concesiones que sacan a concurso las comunidades autónomas. Ahora hay cuarenta casinos operando en España (más dos salas apéndices). Inicialmente se ubicaron en lugares cercanos a las ciudades, no en el centro. Fue un sistema para fomentar el turismo y crear áreas temáticas ligadas al juego y también el glamour. Actualmente, el movimiento es el contrario. En lugar de esperar a que el jugador se desplace, es el casino el que se acerca y se está trasladando al centro de las ciudades. Por ejemplo, en Zaragoza el casino que durante casi treinta años funcionó en el término municipal de Alfajarín se trasladó posteriormente al corazón de la ciudad del Ebro, concretamente a las instalaciones del Hotel Palafox.
En Valencia, el Monte Picayo, que ha funcionado desde 1979 en el término de Puzol, a unos veinte kilómetros de la ciudad, cerrará próximamente ese local para instalar dos establecimientos en la capital, en el centro y en la zona del Puerto.
Inicialmente, los propietarios de los casinos fueron casi siempre empresarios locales, pero se ha ido produciendo la concentración, especialmente en la década de los noventa, cuando las empresas comenzaron a atravesar dificultades económicas. Actualmente la gestión de este tipo de locales está concentrada en media docena de grupos, algunos de ellos con origen en el negocio de las tragaperras.
Según la Comisión Nacional del Juego, en 2007 los españoles nos jugamos 2.585 millones de euros en los casinos, 91 millones de euros más que el año anterior y más del doble que hace una década. Y una curiosidad: se ingresan más de 72 millones de euros en propinas.
En el corto plazo, la oferta se verá previsiblemente ampliada con dos nuevos complejos: el de Los Monegros, en Aragón y el de Harrash, situado a seis kilómetros de Ciudad Real.
El bingo
Los bingos se constituyeron desde el primer momento como locales más ligados a la clase media, más populares, en los que encontrarse con los amigos o hacer nuevas amistades. Se implantaron desde un comienzo en el centro de las ciudades. Como refleja Miguel Mazón en su libro Análisis económico, jurídico y fiscal del juego, «al principio, la mayoría de los bingos estaba en manos de pequeños y medianos empresarios, de los cuales, principalmente era su única actividad para ir, con el tiempo, hacia una concentración, para ser propiedad de los grandes grupos empresariales del juego». Pese a esta concentración progresiva, el sector sigue estando bastante atomizado, en comparación con otras industrias. El número de salas también ha ido en disminución, ya que en 1992 había 604 establecimientos en España y en 2007 se habían reducido a 425.
El informe anual del juego en España señala que, durante 2007, el gasto en bingos ascendió a 3.661 millones de euros y que se ha ido recortando durante los últimos ejercicios, además de disminuir el número de locales.
Las máquinas
Las máquinas tragaperras, el tercer elemento novedoso en el juego de finales de los setenta, se instalaban en bares y cafeterías, donde se podía dejar la calderilla de vuelta de café y que en algunos casos ha derivado en comportamientos adictivos. Ahora hay unas 250.000 máquinas repartidas en España.
Es en estas máquinas donde realmente se produce un gasto importante. En 2007, fueron 12.627 millones de euros, un 15,4% más que el año anterior, con aumentos sostenidos desde 2005, después de varios ejercicios de descensos. El éxito de este segmento ha hecho que fueran precisamente las empresas de este subsector las que hayan acabado diversificando en bingos y casinos y, con el tiempo, hayan protagonizado los procesos de concentración.
Las más populares, que la legislación llama de tipo B, sólo se pueden situar en locales de restauración y en salones de juego, aunque la explotación se realiza a través de las empresas operadoras, que son las propietarias. Más del 80% de los que los españoles juegan en estas máquinas se produce en bares y restaurantes.
El futuro del juego
¿Se juega más en tiempos de crisis? Según los observadores, se juega menos a unos juegos y más a otros. Al parecer, la tendencia es a reducir las apuestas que dan premios menores y a que se trasladen o aparezcan nuevos jugadores en otros que ofrecen premios más elevados. Esto juega a favor de las loterías, la Once y otros juegos de carácter público.
A corto plazo, los principales cambios en el sector vendrán por la reciente autorización de las casas de apuestas deportivas en la Madrid y en el País Vasco, que podrían extenderse a otras regiones. Las empresas adjudicatarias de las licencias están realizando elevadas inversiones, según explica el informe de DBK Juegos de Azar. En Madrid, Cirsa, junto a Ladbrokers, ha creado la marca Sportium, que tiene previsto colocar 50 corners de apuestas en las salas de bingo y salones recreativos del grupo. Codere, por su parte, se ha asociado con William Hill para desarrollar la marca Victoria, con la que prevé abrir unos setenta puntos de venta. La primera se abrió en el Bingo Canoe.
La asistencia a bingos y casinos y el juego en las tragaperras no crece entre la gente joven. Los nuevos jugadores se decantan por las apuestas online, en un proceso similar al que está extendiendo otros sistemas de entretenimiento, como el cine y el videojuego.
Pero la aparición de estas nuevas formas de juego tiene complicaciones. La fiscalidad y la normativa a la que se acogen no están claras, ya que la mayor parte de las promotoras están domiciliadas en paraísos fiscales. Sin embargo, como explica la firma consultora DBK, algunos de los grupos españoles están presentes en este negocio en el extranjero. Por ejemplo, Cirsa cuenta en la actualidad con 53 casinos electrónicos en Latinoamérica.
Al calor de las maquinitas
Los líderes del sector del juego en España son mayoritariamente compañías que crecieron gracias al negocio de las máquinas de premio. La empresa con más facturación en España es el grupo Cirsa, con 1.130 millones de euros y una cuota de mercado del 16% en general y del 17,2% en máquinas, según los datos de 2007. El resto está atomizado, ya que le sigue el Grupo Orenes, cuya cuota es inferior al 5%. También obtiene casi la mitad de sus ingresos de las máquinas. El tercero, Codere, la única empresa del sector que cotiza en bolsa, está claramente decantada hacia las máquinas, de las que obtiene el 90% de sus ingresos, aunque también cuenta con un casino en Madrid. Tiene una fuerte implantación exterior, con casi 50 salas de apuestas deportivas entre México y Uruguay, además de hipódromos en Panamá y Uruguay.
Apertura y descentralización
El decreto ley de marzo de 1977 regula los aspectos penales, administrativos y fiscales de los juegos de azar. En esta norma, «además de la urgencia de su creación, se reflejaba una apertura de la sociedad española encaminada a un régimen democrático, significando una superación de los miedos y falsas moralidades, así como razones económicas», afirma Miguel Mazón en su libro Análisis económico, jurídico y fiscal del juego. De este decreto, se han derogado muchos puntos y, con el tiempo, sólo quedan competencias residuales del Estado, ya que posteriormente se fueron trasladando a las comunidades autónomas. Dos órdenes del 9 de enero de 1979 aprueban los reglamentos de juego de los bingos y los casinos. Con la creación del estado de las autonomías, las competencias sobre el juego privado pasaron a las administraciones regionales. El traspaso se realizó de forma diferente en función del tipo de autonomía, y fueron pasando de forma gradual a lo largo de los ochenta, de manera que las comunidades fueron promulgando sus propias leyes de juego. Ahora, sólo las loterías y apuestas del Estado y los benéficos, como la Once, siguen bajo el amparo estatal, lo que redunda también en el destino de los ingresos fiscales obtenidos a través del juego.




