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Cincuenta y dos cartas. De la 2 a la 10, y as, jota, dama y rey. Picas, corazones, diamantes y tréboles. Sin comodines con el bufón. Sesenta y tres barajas francesas de la marca brasileña Copag, tantas como mesas de juego. Los crupiers reparten cartas. Y reparten suerte. Y quien espera encontrar la suerte en las cartas es Rubén Sánchez (Valencia, 1984), uno de los casi 1.200 inscritos en el European Poker Tour (para lo cual ha tenido que pagar unos 5.000 euros), que se celebra hasta este sábado en el casino de Barcelona, junto al hotel Arts, y que se puede seguir en directo en la página web Pokerstars.tv.
“Yo antes era electricista. Pero tuve que pillar la baja y me aficioné al póquer por internet. Ahora vivo de esto, que es lo que me paga la hipoteca. Pero no te creas, que ahora trabajo más que antes”, se justifica Rubén, vestido con ropa deportiva y con los cascos puestos, con la prohibición de usar el teléfono móvil, y con los ojos amusgados por las 12 horas seguidas lidiando con las manos (partidas). “Ayer me fue mal, no tuve un buen día. Pero sí que tuve alguna oportunidad”.
La mano de la oportunidad fue la siguiente. Abrió con ases, es decir, que el crupier, con las funciones de árbitro, le puso boca abajo dos cartas: dos ases, diamantes y corazones. Rubén apostó 300 puntos (no se juega con dinero en efectivo). Las siguientes cartas que le tocaron, un 8, un 9 y un 10 de diamantes. Apostó 400 puntos. Su adversario subió a 1.200 puntos. Rubén contraatacó, fiel a su estilo agresivo, y subió a 2.500. Su contrincante, con sudadera, igualó. La siguiente carta, diamante. Rubén subió a 7.000. Quien se sentaba delante de él, pasó, indeciso. Y Rubén ganó.
“Tenía color máximo (color al as)”, confiesa, a sabiendas de que en este juego lo que más importa es la psicología y las expresiones faciales. Se trata de engañar al contrario. Rubén ha sumado otros 8.000 puntos, pero lo tiene difícil para ganar el millón de euros que se embolsará el ganador del campeonato, y levantar así la pica de oros, el trofeo emblema de la competición.
“Cada vez más, la marca Barcelona atrae a los jugadores de póquer de todo el mundo. Hasta este big event, han venido profesionales desde Las Vegas”, destaca Gerard Segarra, poker manager, y quien ayudó a forjar el carácter de Rubén, con el que se enfrenta a los high rollers (grandes apostadores). Gerard define el póquer, con sus variantes Omaha y Texas Hold’em, como un “juego social”. “Además, aquí viene gente de muchísimo poder adquisitivo, incluso con sus familias, que después de jugar alargan su estancia en Barcelona para disfrutar de sus playas y de su gastronomía. Y todos acaban asistiendo a un partido del Barça. Esta gente puede salir una mañana de compras y arrasar con todo el paseo de Gràcia. Y les encanta el flamenco”. En unos días, en el casino, el cantaor Pitingo actuará con el guitarrista Juan Carmona en el espectáculo De tú a tú.
Blanco de cara, de vez en cuando, para salir a la calle Marina, Rubén sube dos plantas, repletas de máquinas tragaperras con nombres como Sex and the city, y con su Guía rápida de máquinas de azar (tendencias, consejos y estrategias de juego, etc.). Eufemísticamente, se la denomina “espacio de ocio”. Deja que los rayos de sol le insuflen energía y vuelve a entrar, por lo que ha de volver a pasar por un control de seguridad propio de los aeropuertos.
En la audience, la sala de póquer, el reclamo: “Compre en el cajero del bar su bono de 20 euros o de 50 para conseguir comida y bebida dentro de la sala de juego”. En el bar, el café cuesta 4 euros. Rubén no se aloja en el hotel Arts porque su suerte no llega para pagar los aproximadamente 500 euros por noche de algunas habitaciones. El otrora electricista vive al límite: “En un día puedo conseguir el sueldo de todo un mes, pero a veces puedo perderlo todo, ese es el riesgo”. En los expositores, la Guia del joc responsable, que nadie coge: “El juego deja de ser una diversión cuando se convierte en una adicción”.




