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Será tal vez porque Barcelona estuvo tantos años en barbecho que ahora, desde que está en el escaparate de las agencias turísticas de todo el mundo, se ha revelado como una tierra sorprendentemente fértil para cualquier iniciativa de ocio o negocio. Es la capital de los cruceros del Mediterráneo, el arcoíris de Oz para la comunidad gay internacional, el mejor escenario de la música electrónica y, desde este año ya de forma incuestionable, la capital europea del póquer. Es así como se baten las marcas de visitantes. Sumando. Lo sucedido con el póquer no es extraño, hasta se veía venir, pero merece un repaso porque, además de revelar los secretos de la marca Barcelona, es una historia casi novelesca. No se vayan, hay incluso tiburones.
Una de los dos salas de juego del Estrellas Poker Tour, el pasado jueves al mediodía, en los bajos del Hotel Arts. Una de los dos salas de juego del Estrellas Poker Tour, el pasado jueves al mediodía, en los bajos del Hotel Arts.
El Hotel Arts y el Casino de Barcelona acogen desde el pasado lunes y hasta el próximo sábado dos torneos consecutivos de póquer, el European Poker Tour y el Estrellas Poker Tour, es decir, la liga europea y la española, respectivamente. Las cifras del año pasado son una buena tarjeta de presentación de que se cuece estos días en la Vila Olímpica. Pasaron entonces por las mesas, entre aficionados y profesionales, 4.000 participantes. Para la ciudad, eso fueron unas 10.000 noches de hotel vendidas y un impacto de 10 millones de euros. Es un visitante, además, generoso en el gasto. Los organizadores del torneo calculan que cada jugador se deja en Barcelona unos 2.000 euros, competición al margen, una cifra muy por encima de la media.
Torneos hay más, es cierto. El circuito europeo pasa por Londres, Berlín, Montecarlo, San Remo, Praga y Deauville, y el español por Madrid, Marbella y Valencia, pero ninguno supera en inscritos a Barcelona. «Con todos los respetos, una cosa es ir a Torrelodones, a 30 kilómetros de Madrid, o a la aburrida ciudad francesa de Deauville, y otra muy distinta venir a Barcelona, que es un destino de moda». Es un primer diagnóstico, en este caso a cargo de Alfonso Cardalda, exjugador y actualmente entrenador de póquer del tenista Rafa Nadal. (Sí, lo tiene. No solo le gusta el jugar al póquer. Quiere ganar).
El aura de Barcelona sin duda alguna que ayuda. También las fechas. La posibilidad de visitar la ciudad en agosto, con buen tiempo y las mesas de juego a dos pasos de las playas propicia que muchos participantes viajen en compañía de la familia o de un grupo de amigos. Pero hay un ingrediente secreto más.
Ecosistema tropical
En la edición del 2012, los organizadores tuvieron una feliz idea. Hasta entonces, la liga española y la europea se habían celebrado en fechas distintas en el calendario, pero el año pasado decidieron encadenar ambas competiciones. Crearon así, tal vez sin calcular de antemano las consecuencias de su iniciativa, un ecosistema extraordinariamente rico, una especie de mar tropical del póquer.
Conviene aquí usar algo de la jerga de los jugadores profesionales. Un fish es en el argot de las mesas una presa fácil, alguien que aún no ha entendido que tras las simples reglas del texas hold’em (la modalidad de juego del torneo) se esconde un universo de tácticas y estrategias para las que hasta convendría leer a Sun Tzu y su biblia de la guerra, El principal peligro para los fishes (peces, en inglés) son los shark (tiburones). Pues bien, hasta el próximo 7 de septiembre el Casino de Barcelona es eso, una gran pecera en la que conviven especies bien distintas, desde los que están en lo alto de la cadena trófica y por lo tanto viven profesionalmente de esto, hasta los que se prueban a sí mismos con una modesta inversión de 110 euros, el coste de inscripción de las mesas más baratas. Sharks contra fish, lo cual no quiera decir que algún escualo no pierda de vez en cuando la aleta ante el ataque de un rape.
En Europa, el póquer ha sido hasta hace muy poco un deporte sobre todo nórdico. Esos largos y tediosos inviernos de latitudes prepolares han dado para muchas timbas, en especial a través de internet. La afición mediterránea es más reciente, pero crece exponencialmente, y Barcelona es el lugar donde eso sucede, con el gancho comercial de unos premios realmente suculentos. En agosto del 2012, el bielorruso Mikalai Pobal se llevó un millón de euros tras derrotar al finlandés Ilari Sahamies. Con ese cartel ha sucedido aquí lo que no ocurre en Londres, Praga, Berlín y, por supuesto, en Torrelodones, que hay lista de espera para participar y que no siempre inscribirse garantiza una silla en una mesa. Es por eso que los organizadores prevén que la parada barcelonesa de la competición crecerá pronto en los próximos años hasta el 50%. Probablemente coincidirá con un momento de mayor profesionalización, en la que los recién llegados al texas hold’em requerirán menos fortuna con las cartas y sus victorias estarán en realidad más relacionadas con el cálculo de probabilidades, el exquisito conocimiento del lenguaje corporal y el arte del engaño. Tiburones contra tiburones.
Barcelona estará entonces, seguro, entre los escenarios de los que se contarán anécdotas y leyendas, pues de eso hay mucho en el póquer, aunque ninguna como la de Will Bill Hickok, el vaquero al que mataron de un tiro en la espalda y que ni siquiera así soltó sus cartas, dos ases negros y dos ochos negros. Desde entonces es una mano maldita.




