
El juego perdió el 55% de sus ingresos en 2020 y no prevé recuperarlos en dos años
28 abril, 2021
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28 abril, 2021El Ayuntamiento de BCN insta al Govern a reabrir la hostelería por las tardes para salvar al sector, mientras trata de poner freno sin éxito a los botellones que proliferan en Gràcia, Ciutat Vella y el litoral.
Las colas para beber que apenas hace dos primaveras se hacían ante la animada barra de un bar o de una discoteca se han trasladado a los supermercados y los colmados más cercanos a plazas con ambiente o playas. Solo que antes el cliente pagaba por una copa bien servida y ahora se lleva un pack de seis latas de cerveza o una botella de algún licor para compartir a morro o en vaso de plástico. Las duras restricciones horarias que vive la hostelería catalana por el covid desde octubre han llevado al límite económico a cientos de negocios, en especial en Barcelona, sin lograr cumplir con el objetivo de aniquilar la socialización y el presunto riesgo de contagios. Los brindis se hacen –cada vez más con el buen tiempo– en la calle sin que la policía local dé abasto para erradicarlos. La crisis de la restauración local por la pandemia y el evidente hastío de la población (joven y no tan joven) han llevado al ayuntamiento a afilar su discurso para exigir que se restablezca la apertura en la franja de tarde-noche, algo que el Procicat estudia y podría avalar esta misma semana.
Hacer la ley no ha hecho más que disparar la trampa hasta la fecha. Quienes han acatado ese confinamiento vespertino son precisamente los más mayores y menos dados a los excesos en horario de cenas, cuando se homenajeaban fuera de casa. Pero para buena parte de la población, saturada de algunas limitaciones sociales que chirrían incluso con el transporte público abarrotado, solo ha supuesto un cambio de hábitos: de las mesas, al duro suelo de una plaza o la arena de la playa. De las salidas por la noche, a las diurnas. Al menos, hasta el toque de queda
El agosto de los súper
El pasado sábado, cerca de las diez de la noche, diversos súper de barrio seguían alimentando esa especie de barra libre que se vive en las plazas de Gràcia, varias de Ciutat Vella y el litoral de la capital catalana. Solo alguno advierte explícitamente de la venta de alcohol «hasta las 21.00 horas». Durante cinco horas, desde que la hostelería se cierra al público hasta el toque de queda, estos establecimientos hacen el agosto, como alternativa a la antigua normalidad. Los reponedores van a destajo. En el paseo del Born y la calle de Verdi también es común abastecerse de bebidas para consumir en grupo en restaurantes abiertos solo para take away. «Vendo muchas más cervezas que pizzas, admite un camarero», distribuyendo vasos de plástico a poca distancia de la plaza de la Virreina como si fuera fiesta mayor, poco antes de la hora límite. Algunos se lo llevan a casa, pero otros muchos consumen in situ, en bancos, el suelo, escaleras…, contando los días para poder hacerlo sin prisas.
Enésima protesta
En la Vila de Gràcia, como en Lluís Companys y otros focos, las papeleras se desbordan de latas de cerveza y botellas vacías por la noche. A esa hora, el espacio entre contenedores ejerce de lavabo y el olor a orín certifica que la calle también ha relevado a la intimidad de un váter con pestillo. El centenar de negocios representados en Soho Gràcia-Associació de Bars i Restaurants del Barri de Gràcia volverá a concentrarse hoy en la plaza de la Vila para clamar por sus negocios y también por una respuesta municipal a las licencias de terraza que siguen en el limbo, sin concretar, y que pueden ser la salvación o no de muchos establecimientos, explica un portavoz. «Mientras nosotros acatamos los horarios, los aforos y los cierres, con ingresos mínimos, el consumo continúa en la calle», lamenta.
En paralelo, cada vez más locales (como un gran restaurante-club de la Barceloneta) alientan el tardeo, con copas y música hasta las cinco. Quienes ven imposible retirarse a casa a esa hora, prolongan su euforia en las playas, donde también pueden verse lateros.
Un consumo que además no se acompaña de un control sanitario como en los bares, y que deriva en una ausencia generalizada de mascarillas con las horas. Como sucede en los conciertos improvisados en las plazas. «Está todo cerrado, pero la gente se ha cansado de quedarse en casa y se busca la vida como puede», dice Joan, un vecino de la plaza de la Revolució de Setembre de 1868, acostumbrado a ese panorama. Un portavoz vecinal de la Barceloneta alerta de que esos botellones forzosos se saldan en muchos casos con suciedad e incivismo, mientras las mesas y sillas de los negocios están apiladas.
El teniente de alcalde de Promoción Económica, Jaume Collboni (PSC), instó ayer a acelerar la desescalada permitiendo a la restauración servir cenas presenciales, sacando provecho a las más de 3.000 licencias de terrazas extraordinarias impulsadas por el consistorio para oxigenar al sector, muchas veces en la calzada, en tiempos en que los aforos interiores no permitirían la supervivencia de los negocios. A su juicio y como ya defendió el concejal de Seguridad, Albert Batlle, días atrás, la capital catalana «está preparada» para avanzar hacia la recuperación de la actividad. El propio ‘conseller’ de Interior, Miquel Sàmper, aseguró el domingo que el Govern «estudia» dar vía libre al horario nocturno de cenas, aunque solo en exteriores.
Menos anunciar, más actuar
No obstante, el Gremi de Restauració de Barcelona, que durante meses ha criticado duramente la política de restricciones implantada en Catalunya, rechaza que la ampliación horaria a la franja de noche se limite exclusivamente a los espacios abiertos. «A estas alturas esto va de salvar a toda la restauración, no solo a los locales con terraza», mantiene su director, Roger Pallarols. La patronal, que se reunirá con los departamentos de Salut, Interior y Empresa mañana mismo, afirma que «ya basta de anuncios y especulaciones; lo que se necesitan son decisiones».





