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Los grandes contribuyentes republicanos no han mostrado en público ninguna duda sobre el dinero gastado sin aparente rentabilidad (ni siquiera en las legislativas). La letanía conservadora es la misma, desde todos los ángulos: de no haber sido por ese esfuerzo económico, la reelección de Barack Obama hubiera sido un paseo militar. Algunos, como el magnate de Eurovegas Sheldon Adelson, se lo han tomado con humor (para que luego hablen mal de los ricos). “Pagando facturas. Así es como se gasta el dinero. Da igual esto o si estás casado con una judía: gastas siempre mucho dinero”, comentó tras la noche electoral en Boston, según The New York Times.
Los medios de referencia de EE.UU. estiman que Adelson contribuyó con entre 50 y 60 millones de dólares a campañas de candidatos republicanos, ocho en concreto, ninguno de los cuales resultó elegido. Empezó apostando en las primarias del partido por Newt Gingrich y después se abocó en el nominado, Mitt Romney. Una fuente cercana al magnate judío indicaba ayer al Wall Street Journal que el dinero gastado no le hará perder el sueño. “El señor Adelson está decepcionado pero no desanimado”, por lo que piensa seguir siendo un contribuyente activo de los republicanos, añadía la misma fuente. Adelson es una de las voces más críticas de la relación que mantiene el presidente Obama con Israel, además de su disconformidad con la política fiscal.
Las campañas a la Casa Blanca y al Capitolio, las primarias republicanas y las convenciones de los dos grandes partidos han dejado una factura récord de 6.000 millones de dólares en este 2012, según las estimaciones del Center for Responsive Politics, que escruta el respeto a la legalidad en lo que a gasto electoral respecta. En cuanto a financiación directa tradicional, Barack Obama superó a Mitt Romney (algo más de 1.000 millones de dólares frente a los 919 del candidato conservador), una ventaja que los republicanos compensaron gracias a un elemento novedoso en una campaña presidencial, los súper-PAC (Comités de Acción Política). Estos grupos pueden recaudar y gastar ilimitadamente pero sin entregar un solo dólar a las fondos de campaña de un candidato. Existen gracias a una sentencia del Tribunal Supremo del 2010, que dio la razón a quienes veían las limitaciones como una cortapisa a la libertad de opinión. “Si no hubiera sido por los súper-PAC, la derrota no hubiera sido tan ajustada”, se consolaba Ron Weiser, director de finanzas del Comité Nacional Republicano.
Los estrategas republicanos admiten que parte de la derrota obedece al acierto del rival. Semanas antes de que Mitt Romney fuera nominado candidato republicano, en agosto, el cuartel electoral de Barack Obama bombardeó el espacio publicitario de Estados Unidos con anuncios negativos sobre Romney, con el foco en tres aspectos de su personalidad: responsable como empresario de que muchos empleos en EE.UU. se hubieran trasladado a China, reacio a difundir sus declaraciones de renta y partidario de rebajas fiscales a los más poderosos a costa de la clase media. Cuando los súper-PAC republicanos reaccionaron, a partir de septiembre, el daño a su candidato estaba hecho y la imagen negativa de Romney, fijada. Una estrategia que ya empleó Bill Clinton en 1996 para torpedear la candidatura del senador Bob Dole y que es factible siempre y cuando el rival tenga unas primarias reñidas y tú no.
“Los republicanos querían que la elección fuese un referéndum sobre los cuatro años de Obama, pero el presidente logró que se tratase de elegir entre dos personas”, observa George Edwards, politólogo de la Universidad de Texas.
“El dinero es una condición necesaria para el éxito electoral. Pero ni antes ni ahora es suficiente”, señala Bob Biersack, del Center for Responsive Politics.




