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30 diciembre, 2010Los consumidores y los hosteleros vaticinan un aumento de terrazas y veladores sobre las aceras. Los fumadores asumen con quejas y resignación las restricciones del tabaco a partir del domingo
No son fáciles de convencer. A las puertas de la entrada en vigor de la reforma de la ley del tabaco, los fumadores son más reacios que nunca a dejarse tomar una foto con un cigarrillo entre los dedos. Sobre todo, si la imagen -como las cinco que ilustran estas páginas- se produce en lugares donde, a partir de las 00.00 horas del 2 de enero, estará terminantemente prohibido consumir tabaco.
Se sienten discriminados, dicen. Criminalizados, estigmatizados, agregan los más beligerantes. Como último reducto comanche, la mayoría asegura que no abandonará el hábito, por mucho que se empeñe el Gobierno, que ha aprobado, afirman, una de las leyes sanitarias más restrictivas de Europa.
El domingo el pitillo queda expulsado de bares, restaurantes, casinos, salas de bingo y juegos recreativos en España. De todos los espacios públicos cerrados -salvo hoteles, prisiones y residencias geriátricas, que podrán habilitar áreas restringidas-. También deberá desaparecer de parques infantiles, aeropuertos y de los accesos, aunque sean a cielo abierto, a hospitales y escuelas.
Dejarlo como ahora
«Todo esto es exagerado, una locura», denuncia Pilar, frente al sugerente plato de chipirones que le acaba de servir un camarero del restaurante Bilbao, en el barrio de Gràcia de Barcelona. «¿Qué hay de malo en seguir como hasta ahora?», inquiere a su lado Mariona, que apura la última calada de un ducados, mientras espera a que le llegue su segundo plato. Pese a las nuevas limitaciones de la ley, a ninguna de las dos, ni tampoco a Rosa -que comparte mantel con ellas-, se le ha pasado por la cabeza dejar de fumar en el 2011.
Eso, a pesar de que, según la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (Semfyc), más de tres millones de fumadores intentarán superar su adicción durante los cuatro primeros meses del próximo año. «Calculamos que de los 10 millones de españoles que fuman, uno de cada tres se planteará dejarlo de forma espontánea. Incluso esperamos que la cifra sea mayor, teniendo en cuenta la entrada en vigor de la nueva ley y la reciente subida del precio del tabaco», explica el doctor Francisco Camarelles.
En la calle
¿Qué harán a partir del domingo? Fumadora empedernida, Rosa lo tiene claro: salir a la calle. «A ver quién es el bonito que me lo prohíbe», dice retadora. Como ya ha ocurrido en Francia, las aceras de las ciudades españolas van camino de poblarse de terrazas y veladores. Eso sí, con sus correspondientes calentadores a todo gas en invierno. Negocio por negocio.
Mientras su nieta juguetea por el suelo del Bilbao con una suerte de plastilina rosada, María, en otra mesa, se enciende un cigarrillo para acompañar el café: «Cuando la niña era más pequeña evitaba fumar delante de ella. Ahora que ya es más mayorcita, no me apuro tanto». Está convencida de que la reforma de la ley tendrá escaso impacto sobre los fumadores. Tras la ley del 2005, que tuvo un importante efecto disuasorio (unos 40.000 catalanes dejaron el hábito durante el año siguiente), «quienes han continuado fumando, ya no lo dejarán», indica. «Yo también saldré a la calle», anuncia.
Las infracciones a los establecimientos que incumplan la norma, los fumadores reincidentes y las empresas que hagan publicidad de tabaco pueden llegar a 600.000 euros.
Sentido común
Por lo general, el fumador es un tipo comprensivo. Tozudo, resignado -hasta cierto punto-, pero comprensivo. Mientras sus hijos Francisco y Caterina se columpian en un parque infantil de Barcelona, Renato se aleja unos metros para dar lumbre a un pitillo. «Lo hago siempre, pero no puedo irme muy allá», argumenta. Sabe que a partir del domingo tendrá que poner algo más de distancia entre su cigarrillo y los niños que juegan en el recinto infantil.
«Sí, pero ¿hasta dónde? ¿Cuántos pasos se supone que son la distancia razonable?», interroga.
«Es cuestión de sentido común: antes de prender un pitillo, miras a tu alrededor. Si hay niños o gente mayor, lo pospones», observa Teresa, que fuma lights en la Cerveseria Oller del paseo de Sant Joan, también en la capital catalana. Es mediodía y en dos de las cinco mesas del interior del local -que luce en la puerta el consabido cartel que autoriza el tabaco- humean varios cigarrillos y los ceniceros rebosan de colillas. Pese a las buenas intenciones de la clienta, en la mesa contigua, una joven mamá acuna en sus brazos a un bebé de pocas semanas. Quizá Teresa no lo haya visto.
Sentado frente a ella y ante un bol de aceitunas, David reflexiona: «Está bien que se promuevan campañas de sensibilización para evitar que más gente caiga en el tabaco, pero no es de justicia que los que ya somos fumadores, que empezamos inducidos por la publicidad, tengamos que ser ahora quienes sufraguemos la deuda sanitaria a base de subirnos los impuestos». Ahí queda.




